martes, 29 de noviembre de 2016

Sinfonía.


Primer movimiento. 

Me miré al espejo con delicadeza, no quería romperlo con la brusquedad de mi mirada. El sonido de bajada era casi imperceptible. Las luces iluminaban con contingencia. Mis sentidos se iban perdiendo al paso suave de una melodía armoniosa y suculenta que atraía a los deseos más prehistóricos. 
Me miraba, aun así no podría asegurar que  llegase a comprenderme. Mis ojos captaban la luz apagada de mi rostro. Mis pupilas enroscaban la verdad tenue de mi existencia. Mi mente… mi cerebro acariciaba mis rosadas mejillas con su imparcialidad. Mis sueños flotaban en aquel acristalado resplandor terrorífico. Contemplaba ajeno una realidad distinta y sumamente caótica. No alcanzaba a coser cada centímetro del oxígeno que me separaba de un gemelo sórdido y cruel.
Mis manos temblaban socorridas por alientos pausados y medidos cual compás anticipado. Esperaba quieto, pues, ¿a dónde iba a ir yo? Me mantenía expectante, envuelto en arcanas transformaciones intestinales, sudores fríos y cánticos mudos. La correa que ahogaba mi delicado cuello me incitó a cuestionarme la libertad condicionada. La verdad impuesta me originó codicia. El segmento ocupacional liberó mis angustias y temores más árticos en un arrítmico cante vivaz e inmortal. 
Continué apreciándome sin respuesta directa de mi ilusión. Calmado y eufórico. Trasplantándome el corazón sin anestesia a través de un cristal ensangrentado. Sangre metafórica creada a partir de dioses sin presencia. Deidades camufladas por papeles dudosos y eficaces. Concienciado pude apreciar en mis ojos la conciencia de un destinado. Un muerto recordando el tiempo que vivió para morir. Contando con presteza cada movimiento errado, cada colisión sin evitar, cada sombra en su moral convexa. Todos quieren salvarse, por eso me miran con premeditación y alevosía. Todos y cada uno de esas inmorales copias quieren evadir su destino eficaz. Todos quieren vivir eternamente en el cristal sucio del alma. Todos y cada uno de ellos quieren sobrevivir a la horda de información de una mente imprevisible. Pocos segundos y tan valiosos. Tanto tiempo y tan previsible. Es el tiempo, es la suerte, aquella a la que todos llamamos vida; y es por tanto la muerte un ente ajeno a la percepción, ajeno a la previsión y la exageración. Es por tanto la muerte la arena  inmortal. Es por tanto la muerte el deseo fugaz del instante infinito. 
Somos seres, somos tiempo. Somos la misma cara de un mismo espacio. Tú estás ahí, tan lejano, tan apático, riéndote de mí, despreciando cada movimiento sin ejecutar. Muestras tus ironías soberbias frente al rostro de un creador azaroso. No soy más que tú reflejo, me limito a pensar, mientras tú, encasillado, me observas con rencor sostenible. Oteas mis miedos desde la lejanía y te encariñas con mis anhelos más abstractos. Tú que me vigilas cada día a través de esos ojos tan despreciables. Tú que me envidias por existir. Tú que existes en mí, déjame marchar. Olvídate de mí. Haz que cuando pasé frente a ti pienso que soy un vampiro. Convierte ese rencor en un vacío mordaz. Sé inteligente y dejemos de ser uno solo. Dejemos de ser y comencemos a olvidar. Miremos dentro de nosotros y no a nosotros. Algún día desapareceré te lo prometo. Algún día reuniré la fuerza suficiente para que nos olvidemos. Algún día, incauto, pasaré próximo a ti y no te veré. Alguna noche regresaré fatigado, y al mirar hacia a ti, veré sombras grisáceas con formas adversas, y aun así, no me fijaré en ti. 
No me odies, no soy más que alguien que se parece mucho a ti y que busca algo mejor que el mismo. No me odies, algún día volveremos a vernos. 
Giré despacio la cabeza hacia las puertas. Se abrieron tan despacio que tan solo pude murmurar… “Hasta luego”.

Segundo movimiento.   

Mi mente se despertó de golpe, pues los gritos eran constantes. Todos sabemos que cuando vivimos no siempre estamos despiertos, a veces somos sonámbulos y balbuceamos sin ser conscientes. Yo estaba ahí desde hace rato, aunque en realidad estuve ahí en el momento en que vi sus lágrimas secas. No lograba entender el porqué de su deprimente llanto. Le miraba incrédula, envuelta en mis pensamientos macabros y enredados, mientras que mis ojos, se reían crueles de sus muestras de debilidad. Ambos gritábamos sin pensar. Él, ruin, apelaba al dialogo pausado, y yo, apoderada, esperaba un acto de perdón por su parte. No podía creer que él continuase defendiéndose cuando la verdad era objetiva y perceptible a ojos de cualquier relojero novato. 
Ya ni recuerdo el comienzo de aquella discusión, tan solo recuerdo que su comportamiento fue equívoco y su mentalidad infantil debería de eliminarse pues va contra todo principio de estabilidad emocional. No entiende que siempre lucho por él, siempre busco nuestra unidad. Busco ser fuertes y él falla, siempre falla. Me siento a esperar que dé el paso para conquistarme una vez más, pues estoy cansada de olvidar por qué me enamoré. Nunca me convence, sus inseguridades, sus pasiones arcaicas, tan solo afloran su escasa madurez. No ve que le amo con locura y que esa locura necesita una compensación equitativa. Que cualquier cosa debe de ser prescindible, ya que yo debo ser la prioridad. Soy la luz en su vida, soy su única verdad. 
Sus formas al hablarme, sus enfados obsoletos, sus miradas frías y sus insuficiencias estigmatizan mi delicada ánima; a la vez, desgasta mi bella piel de porcelana, ya que su incapacidad de amoldarse a mis razonables exigencias deteriora mi juventud irrecuperable. 
Soy su musa, y por tanto debe dibujar mi reluciente estructura. Debe recitarme, al hablar, poemas en vez de palabras cansadas. Debe fotografiarme con su mirada en vez de vagar con sus ojos por el insulso mundo irregular. ¿Acaso yo merezco menos que pan de oro en mis muñecas? No soy un objeto, no soy un instrumento. Soy una joya ensangrentada. Mi piel es la frontera de un país fuerte y suculento. Soy humilde y respetuosa, soy armoniosa y bella. Merezco cada palabra olvidada de cada escritor inmortal. Merezco que los hombres se endurezcan y canten a mi paso. Lo merezco todo y no puedo permitir que vanos personajes confundan mi hermosura natural con vino barato. 
Allí está, impasible; no comprende todo lo que guardo, no entiende todo lo que estoy diciéndole sin hablar. ¿Acaso es estúpido? Su voz desapareció entre mis gritos instructivos, murió envenenado por sus convicciones retrógradas, mientras mi opinión nace respetuosa tras acariciar mi labial. 
No hay duda, es idiota. ¿No contempla mis expresiones? ¿No atiende a lo que murmuro mientras grito? Hay personas en este mundo que no atiende a razones, no actúa, solo se mantiene estático intentando conversar, intentando llegar a un punto en común cuando en realidad no hay ningún punto en común, es sencillo, debe actuar, debe ser suficiente para mí y se acabaría todo esto. 
-          ¿No lo entiendes? Reacciona, nunca haces nada – le miré expectante. 
-          Pero, ¿qué más tengo que hacer…? Lo he dado todo por ti…  –  sus ojos llorosos solo me mostraron más sus intrínsecas debilidades. 
-          No, no lo entiendes, nunca haces nada. 

Tercer movimiento.

A veces leo sin leer, pensando en una realidad compleja y opaca. Contemplo situaciones oníricas donde la política sucumbe a los designios de una sociedad asfixiada por la mediocridad. Oteo el final de una corrupción intrínseca en una mentalidad conservadora y oportunista. Contemplo los segmentos afianzados de una sociedad irregular que procura solidificar estructuras en colectivo, mientras que sus miradas reflejan el odio hacia las diferencias. Supuro sensaciones positivas que muestran un mundo deteriorado por la guerra intestinal del cinismo, un lugar boscoso donde para mirar al cielo hay que talar árboles en vez de escalar, un lugar donde los ríos se secan a pesar de los llantos desconsolados, un lugar donde la riqueza no te hace gobernar sino que gobierna a la decadente humanidad. Soy consciente de que el cambio se precede tras el rasgueo peculiar de una guitarra olvidada. Tengo muy presente que los sueños se olvidan con facilidad aun aparecer antes de despertarnos. Sé a ciencia subjetiva que el hombre posee una cualidad viral, un propósito que se convierte rápido en despropósito. Creo firmemente en la solemnidad y en las promesas. En la verdad frete a la mentira. En el arte frente a lo objetivo. Creo, que lo radical, tan solo fraterniza con la cordura generacional impuesta. No somos animales destinados. No somos fantasmas sin alma ni cuerpo. Somos seres capacitados. Hombres ateos repletos de conocimientos apartados. Somos reminiscencia. 
Leo despacio, sin enterarme de absolutamente nada. Lo sé, siempre lo he sabido, a mi mente le encanta deambular por las palabras sin pretender que signifiquen. Saborean sus peculiaridades, atentan contra sus principios. Mi mente es rupturista, odia lo preestablecido. Solo a mi mente le está permitido odiar, ya que, por desgracia, mi cuerpo es incapaz. Soy así, soy un ente inquieto, un demagogo con ideas sin forma. Soy un ciudadano sin credencial. Un griego emigrante, un comunista el cual, jamás ha derramado ni derramara sangre. Creo en la apatía, creo en la relatividad. No soy, debo dejar de ser. Ojeo a lo lejos números, ojeo símbolos, ojeo herramientas de adquisición, no soy un programa al que deban programar. No soy la consecuencia de miles de personas muertas. Soy un individuo ajeno a la realidad. Soy un individuo interiorizado. Busco la verdad. Busco la mentira. La busco, la busco en mí. Todo lo que aspiro a encontrar habita en mi interior. En la oscuridad donde la esclavitud es una palabra ciega.
En el vacío donde los límites estorban. En el reducto donde el goteo no produce ruido. En el silencio donde la música cobra vida. Allí señores, está mi felicidad. No está en vuestras palabras, no está en vuestro credo, no habita, encadenada, a vuestra hipocresía. No, señores, no soy hijo vuestro, no soy un proceso evolutivo con función. Soy consciente y soy yo. No pretendo solidarizarme para crear otra vida el día de mañana que pague mi pensión, no pretendo responder a mis preguntas mirando a las estrellas. No, he interiorizado durante muchísimo tiempo vuestras mentiras, vuestras medias verdades. No quiero perdurar, no quiero transcender en otro ser que ni me recuerde ni se identifique conmigo. Anhelo transcender en mí mismo. Anhelo vincular mis logros a mi decadencia y mediocridad. Busco nadar en la sangre de la realidad divinizada. Busco encontrarme a mí mismo en mí mismo, señores, no busco nada más. 

Cuarto movimiento.

No dudé en apagar las luces y cerrar las persianas. Me acerqué despacio, sonorizando cada paso con cautela. Ella estaba de espaldas. Ella estaba de pie. Yo, precavido, besé su hombro con extremada delicadeza. Fue un beso largo y pausado. Su cabeza se inclinó hacia atrás mientras su cuerpo fue hacia delante, y sus ojos, castaños, se cerraron sin suspirar. Sus gritos apagados comenzaron a suscitarme una cariñosa alegría, pues sonreí. Mis toscas manos bordearon sus curvas cerradas e intimaron con sus extremidades suaves y cálidas. Mis dedos buscaron en seguida el tierno y gélido tacto de su apenas perceptible barriga. Ella, confiaba en mí, no necesitaba mirar, ni darse la vuelta. Se dejaba llevar, retorciéndose a mí lado, buscando el tacto y la locura de la presencia humana. No necesitábamos ver, mi intención era tocarla lento, convertir su aliento en parte de mí. Por primera vez en mucho tiempo, ambos éramos sinceros el uno con el otro. Mis manos, conectadas, siguieron su camino hasta unas piernas que desataban mis sueños más oscuros e idealizados. Mi mente dejó de funcionar, muchos lo entenderían; por tanto, mi mente, comenzó a funcionar. Recorrí su cuello con mi boca, deteniéndome en cada pliegue de su piel, en cada lunar, en cada imperfección, para saborear así su plenitud. Lo hice despacio, sin prisa, y aun así, me quedé rápido sin un mar que surcar, sin un camino que inventar. Mis dedos recorrieron su espalda, empujando su camiseta hacia arriba. Ella no tardó en entenderlo y me ayudó a quitársela. Fui rápido esta vez, la mordí en sus caderas, compasivo; soñé que caminaba sin abrigo por el norte. No dejé de morderla hasta llegar al sujetador, me esperaba prisionero. Eliminé las cadenas sin presión y continué lo que había empezado. 
La giré, necesitaba tenerla frente a mí. Nos miramos sin ver nada. Nos miramos y nos vimos de verdad. Sin barreras, sin fronteras. Todo estaba ahí. Mis dudas, mis carencias, mis inseguridades. Se lo entregué todo sin compasión. Sus ojos abrigaban mi conocimiento. Me quitó la camiseta y me besó. Un beso tierno y húmedo con el que dejé de existir. Un beso imperfecto, un beso imposible. Ella retrocedió tan lento que nuestro aliento continuó encarcelado entre nosotros. Nos leímos, se sentó frente a mí en la cama.
 Ataqué con ambición sus caderas, la di un delicado beso y agarré con mis manos sus vaqueros, surcando montañas hasta extraerlo, dejando libre aquello que siempre me hipnotizó, sus níveas piernas. No vi más allá, podía otear en ellas cualquier defecto y cualquier virtud, eran la perdición de cualquier hombre cuerdo. Las besé, no fui justo, no tuve tregua. Bajé sumamente despacio hasta sus pies, donde, con respeto, le quité sus calcetines rosados. 
Ella me miró y me pidió que subiera, yo no lo hubiese desobedecido jamás. Me besó y se tumbó encima de mí. Fue demasiado agresiva. Me desnudo rápido. Me traicionó, rompió el ritmo; no tardé en perdonarla. Su aliento hacía eco en mi habitación. Volví hacia ella, requería de ternura artística. La tumbé. Sus bragas se deslizaron solas. Su mente, comenzó a volar y mis labios acariciaron aquello que la dio alas. Tan pronto como absorbió el aire volví a ella, la miré, la consolé, la acaricié, la murmuré en silencio la verdad. Ella me miró y entendió todo, cerró los ojos y soñó.

Yo, comencé a escribir. 

Recóndito

Escribió taciturno desde la tibia melancolía que alumbraba su prisión. Escribió, mas no añadió ni una sola palabra más. Su celda, no permitía traspasar la luz sobre el cemento y el ladrillo que encarcelaba a nuestro humilde y abatido residente en la oscuridad. Tan solo un insignificante y minúsculo haz, pálido destello de esperanza proyectado desde el resquicio del desgastado techo, iluminaba las frías palabras que desde hacía bastante tiempo, ocupaban toda su realidad. Existía una pila completa de encuadernaciones y papeles ajados, impregnados de tinta, con bellos matices que configuraban en su intelecto sombrías representaciones de paisajes, ciudades, seres y secretos que se desvanecían en la humedad, de aquella condensada atmósfera que largos y tediosos días se veía obligado a respirar. Una pila, ubicada tan solo a ojos de la intuición, en una esquina de aquella oscura y mugrienta celda. No existe necesidad alguna de mencionar que cada esquina cumplía una determinada función. Siendo la esquina de enfrente, la más alejada a la esquina donde comía y destrozado día y noche sollozaba y musitaba escalofríos, la que se encargaba de las escabrosas necesidades y deshechos que produce día tras día la naturaleza. Sólo así, clasificado en esquinas, podía situarse y distanciarse lo más lejos posible del asqueroso hedor que le había troncado a una miserable y desgraciada vida. La más miserable y desgraciada que dentro de los parámetros de mi cordura me permito atreverme a imaginar. Podría hacer mención en su lugar de desastrosas condenas, torturas y mutilaciones que desgarraran no solo el cuerpo sino también la fortaleza del alma, pudriéndola en un grotesco infierno. Pero no existe ser humano que merezca tal castigo. Ese infierno, escrito con el más profuso detalle en cada uno de sus ajados cuadernos, era un infierno reservado solo para reyes.
Pensareis que no es justicia castigar a los que condenan con una mayor condena, que la justicia, como el común de los hombres piensan se basa en el equilibrio y nunca en el sadismo.
Pero helo aquí el verdadero castigo, que no es solo pagar por lo que a él han hecho, sino también pagar por todos los crímenes que a la sociedad cometieron. Pagar por cada tortura, cada vida recluida en la gélida oscuridad de forma injustificada, cada vida asesinada por el hambre, cada traición a la libertad y cada vida mutilada en una guerra de la que sólo eran los reyes responsables. El macabro delirio de la más elevada justicia germinaba en su cabeza.    
La celda constreñía cada pálpito de vida. Su corazón, convertido en el frío metal de una máquina, bombeaba sentimientos contaminados por el odio. Sus pulmones, chirriaban oxidados con el fin de exhalar el último hálito de la venganza. Aquel tétrico lugar le había convertido en lo más alejado que podía de su esencia humana. Había perdido toda fe y ciencia como esperanza y tan solo soñaba con la masacre. La misma masacre que quedaba grabada en la tumba de su alma.
Demasiado tiempo ah que dejó de rasgar, sobre la lisa superficie que tapaba el ladrillo, cada uno de los monótonos días de su encarcelamiento. Puede que la soledad fuera su amante secreta durante su tierna infancia y seguro que lo hubiese sido en su juventud y adolescencia. Si no fuese porque gracias a su encarcelamiento, la soledad dejó de ser un nostálgico secreto para convertirse en un real tormento. No obstante, no fue la soledad la que terminó minando su ánimo. La trágica causa de que sus pensamientos se convirtieran en una sofocante apisonadora que aplastaba su alma, fue la perpetua oscuridad mezclada con el silencio que sabía a la traición de sus seres más cercanos.
Transcurrió toda su juventud y parte de su adolescencia confinado en aquella sala que le recluía en la más ínfima existencia. Aferrándose a la vaga esperanza de que algún día, quizás, le rescatarían bajo la absoluta certeza de su inocencia. Pero nunca, ni una sola voz, ni un solo gesto o mirada, ni una sola presencia llenaba el vacío de su horrible estancia.
El fino hilo del haz de luz se tiñó de la palidez de la luna. De pronto, como si de vampiro o lobo se tratara, despertaron sus instintos y abalanzó hacía el tenue destello. La cicatriz redonda de la grieta de su mirada se dilató y admiró la única, solitaria y débil claridad de la belleza. La única verdad que no le cegaba. Largo tiempo bañó sus ojos bajo la luz que templaban sus lágrimas. Largo tiempo escribió su carta.
El derrotado presidiario acababa de terminar de escribir su carta. La había plegado y posado a su lado con un cuidado como no había atendido sus anteriores escritos. Sabía reconocer el auténtico valor de su carta y no cabía en sus deseos el horror de deteriorarla entre toda aquella basura mohosa. No, la guardaría en el lugar donde podría estar siempre consigo, a buen recaudo. Su excesiva minuciosidad y consideración parecían brotar de un poderoso delirio que dominaba sus pensamientos. Concentrándose su paranoia en el miedo y la suspicacia. De tal modo que no sentiría segura la carta si no la guardaba, con manos temblorosas, en el hueco de su bolsillo. A su lado, completamente a su lado, aún cuando nada podría, en aquel ruinoso sitio, arrebatársela. Aun cuando significaran aquellos meticulosos trazos el roce mortal de la locura, aun cuando su contenido significase la entera determinación de su desgracia. Nuestro pobre miserable reía empapándose de heladas lágrimas y se abrazaba abrigándose bajo la sombra de la miseria. Definitivamente había perdido toda esperanza. Vivir solo significaba resguardarse inútilmente en una terrible trampa hacia la eternidad.
Pero quiso la eternidad devolverle un curioso eco del destino…
Había observado en el suelo, el mismo suelo ensuciado por el barro y otros desechos, justo en el punto donde incidía la luz, una sombra. Una simple y minúscula sombra deformada en ocho articulados filos que la sostenían y que había conseguido exaltar a nuestro protagonista.
Se quedó paralizado. Contuvo cuidadosamente su respiración y alzó la mirada hacía el agujero del techo. Contempló cómo elegante descendía y suave se deslizaba sobre el haz de luz.
Nuestro protagonista atendió con su mirada el lento descenso de la tarántula. La observó con el más absoluto detalle, atendiendo a su fisonomía, su comportamiento receloso y ávido de oscuridad. De niño le habían horrorizado por completo las arañas y una tarántula seguramente le habría espantado, se habría asqueado, acto seguido paralizado, encadenado por neuróticos pensamientos de viscosidad y carne picada, temblores y hormigueos en su cabeza o espalda.
Y en cambio, sin encadenamiento sino ligado a un único y turbio pensamiento, la veía descender directamente hacia su mano.
No cometáis el error de suponer que era una metáfora la araña, pues una metáfora era lo que nuestro preso buscaba, guiado por una maldición romántica que diese, al menos, un mínimo de sentido, si no a su vida, a su final. Pero la realidad era que tras tragar el veneno, solo un montón de ajados papeles con delirantes escritos, una carta y un putrefacto cadáver, fue lo que llenó el vacío de aquella horrible estancia. Y nada más…