Escribió taciturno desde la tibia melancolía
que alumbraba su prisión. Escribió, mas no añadió ni una sola palabra más. Su
celda, no permitía traspasar la luz sobre el cemento y el ladrillo que
encarcelaba a nuestro humilde y abatido residente en la oscuridad. Tan solo un
insignificante y minúsculo haz, pálido destello de esperanza proyectado desde
el resquicio del desgastado techo, iluminaba las frías palabras que desde hacía
bastante tiempo, ocupaban toda su realidad. Existía una pila completa de
encuadernaciones y papeles ajados, impregnados de tinta, con bellos matices que
configuraban en su intelecto sombrías representaciones de paisajes, ciudades,
seres y secretos que se desvanecían en la humedad, de aquella condensada
atmósfera que largos y tediosos días se veía obligado a respirar. Una pila,
ubicada tan solo a ojos de la intuición, en una esquina de aquella oscura y
mugrienta celda. No existe necesidad alguna de mencionar que cada esquina
cumplía una determinada función. Siendo la esquina de enfrente, la más alejada
a la esquina donde comía y destrozado día y noche sollozaba y musitaba
escalofríos, la que se encargaba de las escabrosas necesidades y deshechos que
produce día tras día la naturaleza. Sólo así, clasificado en esquinas, podía
situarse y distanciarse lo más lejos posible del asqueroso hedor que le había
troncado a una miserable y desgraciada vida. La más miserable y desgraciada que
dentro de los parámetros de mi cordura me permito atreverme a imaginar. Podría
hacer mención en su lugar de desastrosas condenas, torturas y mutilaciones que
desgarraran no solo el cuerpo sino también la fortaleza del alma, pudriéndola
en un grotesco infierno. Pero no existe ser humano que merezca tal castigo. Ese
infierno, escrito con el más profuso detalle en cada uno de sus ajados cuadernos,
era un infierno reservado solo para reyes.
Pensareis que no es justicia castigar a los
que condenan con una mayor condena, que la justicia, como el común de los
hombres piensan se basa en el equilibrio y nunca en el sadismo.
Pero helo aquí el verdadero castigo, que no
es solo pagar por lo que a él han hecho, sino también pagar por todos los
crímenes que a la sociedad cometieron. Pagar por cada tortura, cada vida
recluida en la gélida oscuridad de forma injustificada, cada vida asesinada por
el hambre, cada traición a la libertad y cada vida mutilada en una guerra de la
que sólo eran los reyes responsables. El macabro delirio de la más elevada
justicia germinaba en su cabeza.
La celda constreñía cada pálpito de vida. Su
corazón, convertido en el frío metal de una máquina, bombeaba sentimientos
contaminados por el odio. Sus pulmones, chirriaban oxidados con el fin de
exhalar el último hálito de la venganza. Aquel tétrico lugar le había
convertido en lo más alejado que podía de su esencia humana. Había perdido toda
fe y ciencia como esperanza y tan solo soñaba con la masacre. La misma masacre
que quedaba grabada en la tumba de su alma.
Demasiado tiempo ah que dejó de rasgar, sobre
la lisa superficie que tapaba el ladrillo, cada uno de los monótonos días de su
encarcelamiento. Puede que la soledad fuera su amante secreta durante su tierna
infancia y seguro que lo hubiese sido en su juventud y adolescencia. Si no
fuese porque gracias a su encarcelamiento, la soledad dejó de ser un nostálgico
secreto para convertirse en un real tormento. No obstante, no fue la soledad la
que terminó minando su ánimo. La trágica causa de que sus pensamientos se
convirtieran en una sofocante apisonadora que aplastaba su alma, fue la
perpetua oscuridad mezclada con el silencio que sabía a la traición de sus
seres más cercanos.
Transcurrió toda su juventud y parte de su
adolescencia confinado en aquella sala que le recluía en la más ínfima
existencia. Aferrándose a la vaga esperanza de que algún día, quizás, le
rescatarían bajo la absoluta certeza de su inocencia. Pero nunca, ni una sola
voz, ni un solo gesto o mirada, ni una sola presencia llenaba el vacío de su
horrible estancia.
El fino hilo del haz de luz se tiñó de la
palidez de la luna. De pronto, como si de vampiro o lobo se tratara,
despertaron sus instintos y abalanzó hacía el tenue destello. La cicatriz
redonda de la grieta de su mirada se dilató y admiró la única, solitaria y
débil claridad de la belleza. La única verdad que no le cegaba. Largo tiempo
bañó sus ojos bajo la luz que templaban sus lágrimas. Largo tiempo escribió su
carta.
El derrotado presidiario acababa de terminar
de escribir su carta. La había plegado y posado a su lado con un cuidado como
no había atendido sus anteriores escritos. Sabía reconocer el auténtico valor
de su carta y no cabía en sus deseos el horror de deteriorarla entre toda
aquella basura mohosa. No, la guardaría en el lugar donde podría estar siempre
consigo, a buen recaudo. Su excesiva minuciosidad y consideración parecían
brotar de un poderoso delirio que dominaba sus pensamientos. Concentrándose su
paranoia en el miedo y la suspicacia. De tal modo que no sentiría segura la
carta si no la guardaba, con manos temblorosas, en el hueco de su bolsillo. A
su lado, completamente a su lado, aún cuando nada podría, en aquel ruinoso
sitio, arrebatársela. Aun cuando significaran aquellos meticulosos trazos el
roce mortal de la locura, aun cuando su contenido significase la entera
determinación de su desgracia. Nuestro pobre miserable reía empapándose de
heladas lágrimas y se abrazaba abrigándose bajo la sombra de la miseria.
Definitivamente había perdido toda esperanza. Vivir solo significaba resguardarse
inútilmente en una terrible trampa hacia la eternidad.
Pero quiso la eternidad devolverle un curioso
eco del destino…
Había observado en el suelo, el mismo suelo
ensuciado por el barro y otros desechos, justo en el punto donde incidía la
luz, una sombra. Una simple y minúscula sombra deformada en ocho articulados
filos que la sostenían y que había conseguido exaltar a nuestro protagonista.
Se quedó paralizado. Contuvo cuidadosamente
su respiración y alzó la mirada hacía el agujero del techo. Contempló cómo
elegante descendía y suave se deslizaba sobre el haz de luz.
Nuestro protagonista atendió con su mirada el
lento descenso de la tarántula. La observó con el más absoluto detalle,
atendiendo a su fisonomía, su comportamiento receloso y ávido de oscuridad. De
niño le habían horrorizado por completo las arañas y una tarántula seguramente
le habría espantado, se habría asqueado, acto seguido paralizado, encadenado
por neuróticos pensamientos de viscosidad y carne picada, temblores y
hormigueos en su cabeza o espalda.
Y en cambio, sin encadenamiento sino ligado a
un único y turbio pensamiento, la veía descender directamente hacia su mano.
No cometáis el error de suponer que era una
metáfora la araña, pues una metáfora era lo que nuestro preso buscaba, guiado
por una maldición romántica que diese, al menos, un mínimo de sentido, si no a
su vida, a su final. Pero la realidad era que tras tragar el veneno, solo un montón
de ajados papeles con delirantes escritos, una carta y un putrefacto cadáver,
fue lo que llenó el vacío de aquella horrible estancia. Y nada más…
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